El mito del general profanador e incendiario
Sin duda, de los tres testimonios expuestos arriba, el más interesante es el último. Pues no cabe duda, luego de un crimen de masas como fue el bombardeo del mediodía, se llevaría a cabo por la noche una acción que lo opacaría casi totalmente.Apelando al sentimiento religioso de la casi totalidad del pueblo argentino, y aprovechando el enfrentamiento entre la jerarquía eclesiástica y Perón, grupos de la periferia de los conspiradores urdieron la trama de la quema de los templos más emblemáticos de la ciudad de Buenos Aires. Y les vino como anillo al dedo, ya que gran parte de la clase media acomodada mostró más congoja ante el espectáculo de los edificios de piedra incendiados, que ante el millar de cadáveres mutilados de Plaza de Mayo.
Así, ciertos católicos, ignorando que los seres humanos tienen la dignidad de ser “templos del Espíritu Santo” —según una afirmación de San Pablo—, vertieron más lágrimas ante las ruinas humeantes que ante la desgracia de sus hermanos de carne y hueso, masacrados impunemente desde el aire y desde la mole blanca del entonces Ministerio de Marina (hoy Edificio Guardacostas, sede de la Prefectura Naval).
Por eso, no fue difícil echarle todo el fardo del desagradable suceso a Perón; a quien de inmediato excomulgó el filonazi papa Pío XII pero ni siquiera levantó un dedo para condenar la masacre del mediodía. Como tampoco lo haría, posteriormente, Juan Pablo II ante las desapariciones efectuadas por el Proceso militar veinticuatro años después.
La historia argentina está plagada de estas paradojas. Un hecho gravísimo es inmediatamente obturado, por la concreción de otro menor que a la larga es sobredimensionado. Y lo que es peor, es equiparado en una balanza injusta como la funesta teoría radical de los dos demonios.
Por:
Fernando Paolella
Periodista y escritor

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