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| Un cuadro que ofrece una imagen de aquella gesta patriótica que costó con mas de 300 vidas criollas |
Narración sobre La Vuelta de Obligado
La escuadra anglofrancesa, que arribó hace dos días al río Paraná, espera para atacar. Los ingleses observan las cadenas que los patriotas han instalado de ribera a ribera y que impiden el paso de cualquier navío. Este bloqueo forma parte de la estrategia del general Lucio Mansilla, jefe de las fuerzas patriotas.
El estrecho ancho del río, sumado a la dificultad para navegar sus aguas, convierten la zona de Obligado en una trampa para la escuadra anglofrancesa.
Desde la costa, Mansilla y sus tropas se preparan para descargar su furia contra los invasores. Las banderas de los barcos anglofranceses se agitan, permitiendo que empiece el ataque. Con el disparo del navío inglés Philomel la batalla en Vuelta de Obligado se inicia. Para Mansilla, llegó el momento de defender la soberanía nacional.
El 13 de diciembre de 1828, una partida de hombres al mando del general Juan Lavalle fusiló al dirigente federal y gobernador de Buenos Aires Manuel Dorrego. Este incidente dividió al país en dos bandos irreconciliables: federales y unitarios.
El unitarismo buscaba instaurar un sistema central, en el cual todas las provincias quedaran subordinadas a las decisiones de Buenos Aires, mientras que los federales bregaban para que cada provincia tuviera un gobierno local, en convivencia con un gobierno central. La puja de estos dos proyectos condujo al país a una guerra civil que también trasladó al ámbito regional. En Uruguay, los blancos orientales equivalían a los federales, mientras que los colorados a los unitarios. También estaban enfrentados violentamente por sus diferencias.
Entretanto se sucedían estos hechos, las dos potencias de la época, Francia e Inglaterra, preparaban su incursión en el Río de la Plata para poder llenar el Litoral y el Paraguay con mercancías manufacturadas en Europa. Este objetivo los llevó a enviar emisarios a la región, apoyando a los grupos de perfil unitario.
Hacia 1838, Buenos Aires era gobernada por Juan Manuel de Rosas, un hacendado que había surgido luego de la muerte de Dorrego y que se convirtió en el gran dirigente federal. En ese entonces, regía en la provincia una ley que establecía que todo ciudadano extranjero que hubiese residido más de dos años consecutivos debía cumplir con el servicio en la Guardia Nacional. Esto llevó a que el vicecónsul francés le exigiera al gobernador Rosas que los franceses fueran eximidos de cumplir este servicio militar, privilegio del que gozaban, por su parte, los ciudadanos ingleses. Rosas se negó a hacerlo y la consecuencia no se hizo esperar.
Las embarcaciones francesas bloquearon el puerto de Buenos Aires y tomaron la isla Martín García. Negándose a negociar bajo la presión de la fuerza, Rosas obligó a los invasores a enviar un diplomático con el fin de resolver el conflicto.
El 29 de octubre, el acuerdo Mackau-Arana puso fin a las hostilidades. Francia recibió los privilegios que demandaba, y a cambio regresó la posesión de la isla Martín García a la Confederación Argentina. Pero esta no sería la última incursión extranjera en el Río de la Plata.
En 1845, la escuadra naval de la Confederación, al mando del almirante Brown, participó de un conflicto interno del Uruguay, bloqueando el puerto de Montevideo. Este fue el pretexto ideal para que los anglofranceses intervinieran, presentándose como mediadores. Sin embargo, la postura diplomática duró poco tiempo. El 2 de agosto, los almirantes anglofranceses, Inglefield y Lainé, atacaron furiosamente a la escuadra confederada.
Los cañones de grueso calibre de los barcos enemigos vencieron a
la escuadra criolla y su jefe tuvo que rendirse.
De esta manera, la Confederación Argentina le declaró la guerra a
las dos naciones más poderosas de la época. El disparo de la nave inglesa impacta
estruendosamente en una barranca.
El general Mansilla sabe que no hay tiempo que perder. Saca su
sable y arenga a su tropa en nombre de la soberanía nacional.
El orgullo corre con fuerza por las venas de los soldados, mientras
avanzan empuñando sus armas. En el río, la escuadra anglofrancesa se prepara
para atacar.
Declarada la guerra a Francia e Inglaterra, el gobernador Rosas
decretó la movilización total en pos de defender, según sus propias palabras, "el
honor argentino y la independencia". La metodología constaba en que, a la señal de un cañonazo en la
ciudad y de toques de campana en campana, los comercios debían cerrar sus
puertas. Seguidamente, todos los hombres en edad de lucha tenían que concurrir
a los ejercicios militares.
Las prácticas tenían una duración de dos horas y se realizaban
todos los días, a excepción de los sábados, domingos y fiestas patrias. Entretanto, la escuadra invasora bloqueó todos los puertos
argentinos y los que se hallaban en manos de los blancos uruguayos.
El gobernador porteño estaba rodeado de enemigos, pero su
actitud de no aceptar negociaciones bajo la presión de la fuerza se mantuvo
invariable.
Los operativos de defensa continuaron reuniendo tropas en el
campamento de El Tonelero, al norte de Ramallo. Allí confluyeron milicias de San Nicolás, San Pedro, San Antonio
de Areco, y otras zonas próximas.
Este contingente quedó a las órdenes del general Lucio Mansilla,
un experimentado militar que había participado de la Guerra de Independencia y
que se encontraba casado con Agustina Rosas, hermana del gobernador de Buenos
Aires.
Mansilla determinó que la zona de Obligado, en San Pedro,
provincia de Buenos Aires, era la indicada para instalar la defensa. Allí el
ancho del río era de 700
metros , lo cual obstaculizaría el paso de los navíos.
Por otra parte, el terreno de Obligado poseía una inclinación
hacia abajo desde el río y esto fue utilizado por Mansilla en su estrategia. El
campamento patriota estaría ubicado en la zona más baja de la tierra.
De esta forma, cuando el enemigo quisiera atacar desde el agua las
balas pasarían por encima del asentamiento y nunca caerían dentro de él. Esta
era la principal ventaja que ofrecía la inclinación descendente del terreno.
La meta era frenar el avance de la escuadra anglofrancesa en ese
lugar, sometiéndola al fuego cruzado de las baterías instaladas en la costa. La
táctica del general Mansilla consistía en generar un cierre del río a la altura
de Obligado, utilizando el cruce de tres gruesas cadenas, de ribera a ribera.
Éstas estarían sostenidas por 24 barcos fondeados. El despliegue
se completaría con cuatro baterías costeras y el apoyo de tropas de línea en
tierra. Los navíos utilizados como apoyo de las cadenas fueron
confiscados por el Estado y a bordo de ellos estuvieron, además de la
tripulación regular, sus propios dueños, que se ofrecieron a combatir al
enemigo.
Por su lado, la escuadra anglofrancesa estaba compuesta por once
navíos de distinta clase. Entre ellos había algunos de propulsión a vapor, tecnología
relativamente nueva y cuya ventaja principal era no depender de los vientos para
movilizarse.
Los navíos de guerra eran acompañados por noventa embarcaciones
mercantes cuyo objetivo era abrir los ríos interiores al comercio
internacional. Una batería patriota explota. Los artilleros se desploman, desmembrados
y ahogados en un dolor insoportable. El general Mansilla analiza el combate. A pesar de las pérdidas
que está sufriendo, en su mirada no hay lugar para el miedo.
De pronto el río ofrece un alivio. Desde las alturas, un soldado
de Mansilla ve con su catalejo que las naves San Martín y Dolphin se estancan. Mansilla
grita, dando la orden de atacarlas. Mientras las balas patriotas destruyen los barcos varados, el
capitán Hope y un grupo de hombres intentan cortar las cadenas que impiden el
paso.
Las baterías instaladas sobre la margen del río fueron cuatro:
la primera se denominó Restaurador y se encontraba en uno de los puntos más
altos del terreno. La segunda se llamó General Brown, y estaba ubicada en otro
de los sectores más elevados del campo. La General Mansilla se encontraba sobre
suelo llano. Y la Manuelita, en el medio del centro de la batalla, donde hoy se
encuentra el monumento histórico. Las cuatro baterías apuntaban hacia el río.
Para el ataque, fueron movilizados dos mil soldados desde la
zona norte de la provincia de Buenos Aires. También se contó con un pequeño contingente de ingleses, los que
alegaron que no cometían traición a la patria, ya que Inglaterra no había
declarado oficialmente la guerra.
Aunque predominaban las armas de chispa ya se usaban fusiles de
percusión, que eran similares a los de chispa con la única modificación del
mecanismo de disparo. Éste dejó de activarse mediante un pedernal para pasar a
hacerlo por medio de un percutor. La cadencia de tiro era de menos de dos disparos por minuto. Y
la distancia para realizar un tiro acertado no superaba los 50 metros , aunque la
munición podía llegar más lejos.
Los fusiles medían entre 1,40 m y 1,50 m de largo. La llave de percusión
consistía en un martillo percutor que golpeaba el cilindro de cobre, ajustado
en la boca de la chimenea, una suerte de tubo que desembocaba en el ánima del
arma. Colocado el fulminante, el golpe del martillo provocaba una detonación que
generaba una lengua de fuego dentro del ánima.
La carga se realizaba con el soldado de pie y con la boca del
fusil hacia arriba. Se colocaba una porción de pólvora por el caño, luego la
bala y finalmente un taco. eguidamente, se introducía el cebo y recién en ese momento se
podía disparar.
Lucio Mansilla nació en 1792, en Buenos Aires. Era veterano de
las Invasiones Inglesas y de la Guerra de Independencia. Participó del Sitio de
Montevideo en 1814 y del Cruce de los Andes, en 1817. Terminada esta actuación,
se sumó a la guerra civil en el bando federal.
En 1821, comenzó su gestión como gobernador de Entre Ríos, y
luego participó en la guerra con el Brasil, comandando la victoria en Ombú.
Charles Hotham nació en 1806, en la ciudad de Dennington, Suffolk,
Inglaterra.
En 1818 ingresó en la Marina Británica y se desempeñó posteriormente
como teniente en 1825 y como capitán en 1833.
Llegó a Montevideo en 1844, al mando del vapor Gordon, y un año
después se convirtió en el comandante de la escuadra inglesa.
El 18 de noviembre, la escuadra anglofrancesa echó anclas a unas
tres millas al sur de Obligado.
Al día siguiente, un grupo de botes de reconocimiento, enviados
por el general Mansilla, fue atacado con cañonazos por los barcos enemigos.
A las 8 de la mañana, una leve brisa del sur permitió la
movilidad de los navíos enemigos.
El vapor inglés Philomel efectuó el primer disparo, el cual
rebotó contra la barranca. A continuación, el general Mansilla arengó a sus
tripas con bravura, en pos de defender la soberanía de la patria.
A poco de avanzar y ocupar las posiciones preestablecidas, la
escuadra enemiga debió anclar apresuradamente.
El viento había mermado, imposibilitándoles a los anglofranceses
navegar. Esto los dejó a merced del fuego patriota.
Hacia las 10 y media de la mañana, el poder de los cañones
anglofranceses comenzó a destruir las baterías patriotas.
Cada hombre que caía era reemplazado por uno nuevo, extraído de
las tropas de infantería. Al mismo tiempo, el plan de Mansilla funcionaba.
La dificultad de navegación del río complicó a las naves San
Martín y Dolphin, las cuales quedaron indefensas.
Mientras la guerra se desarrollaba por diversos frentes, el
capitán Hope y un grupo de hombres intentaban cortar las cadenas. Hacia el
mediodía, el eje de la contienda se ubicó en la línea de cadenas.
La escuadra enemiga disparó y el bergantín patriota voló por los
aires. Finalmente, el capitán Hope logró romper las cadenas gracias a una maza
y un yunque.
El enemigo ya tenía el paso abierto. Cortadas las cadenas, los
navíos enemigos avanzaron e iniciaron un feroz bombardeo sobre las baterías
patriotas.
La falta de artilleros y de municiones complicó gravemente a la
fuerza de la Confederación.
Los ingleses, aprovechando la situación, intentaron desembarcar
en Playa de Pescadores, pero fueron reprimidos.
Una hora después, con las baterías prácticamente deshechas y sin
municiones, los anglofranceses realizaron un nuevo desembarco. Lo hicieron a
través de dos oleadas: la primera, compuesta por 180 marinos y 145 soldados de
marina ingleses, y la segunda constituida por marinería francesa.
Mientras el general Mansilla lideraba el contraataque, una
herida en la costilla lo dejó fuera de la lucha.
A las 7 de la tarde, se ordenó la retirada de las tropas
patriotas.
La luna está de luto. El general Mansilla es trasladado a una
sala de primeros auxilios, junto a otros heridos patriotas.
Mansilla mantiene su mano apretada en la herida. A pesar del
vendaje, la sangre se filtra por entre sus dedos.
No hay en su semblante gesto alguno de fracaso. Por lo contrario:
en sus ojos hay orgullo. Orgullo por sus hombres, los cuales dieron todo por
mantener indemne la soberanía de la tierra que consideran su hogar.
El saldo de la batalla por el lado de los ingleses fue de ocho
muertos: dos oficiales, tres marineros, dos sargentos y un grumete. Y 24
heridos: dos oficiales, un marinero, seis sargentos, nueve soldados de mar y
seis grumetes.
Del lado francés, se contabilizaron 19 muertos: dos oficiales y
17 marineros y 61 heridos: seis oficiales y 55 marineros.
Mientras que la Confederación Argentina sufrió la pérdida de
entre 300 y 600 hombres muertos, más unos 500 heridos. En abril de 1846, la
escuadra invasora regresó a Montevideo.
Durante el viaje, en cada punto de la costa, recibieron disparos
de cañón y fusilería de soldados argentinos. Aunque inofensivas a nivel
militar, cada bala era un símbolo de repudio de los argentinos contra la
invasión extranjera.
En marzo de 1847, Gran Bretaña concluyó con el conflicto y
ordenó el retiro de su flota. Francia lo hizo un año más tarde.
El coronel Mansilla se recuperó rápidamente de las heridas y se
convirtió en un héroe nacional.
La repercusión de su gesta fue tan grande que el mismo general
San Martín, desde su exilio en Francia, le envió su sable a Juan Manuel de
Rosas afirmando que: "Esta contienda es, en mi opinión, de tanta
trascendencia como la de nuestra emancipación de España".

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